Arte y pintura

La Transgresi

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   El observador de nuestros días se habrá percatado como en España -probablemente en otros países suceda otro tanto- se está produciendo...

...un fenómeno artístico que, no obstante su marginalidad, mantiene un pulso notable en el acontecer pictórico. Me refiero a los llamados concursos de pintura rápida convocados con el espíritu de fomentar la práctica del natural, tarea a la que se unió hace unos años Castellar a través de su ya muy consolidado y difundido certamen anual de pintura al aire libre; pionero en la provincia de Jaén y con muy destacada presencia en toda España, cuya intención tiene que ver con un nuevo sentido de afirmación geográfica dentro de la pluralidad del actual paisaje español.

 Desde tal punto de vista, cabe destacar la pujanza de estas convocatorias de mirada plural y alta sintonía con la sociedad en las que, sobre un mismo paisaje, se pueden intercambiar sensaciones y acomodar modelos de comportamiento estético de diferente naturaleza. Así se desprende de la variada procedencia de quienes concurren a estas convocatorias, cívicas y bien dispuestas para poner en valor el poder de la pintura y, sobre todo, para que esta propiedad -cuando exista- prevalezca sobre la pintura del poder; hoy, especialmente dispuesto a prestarle al llamado arte contemporáneo un desmedido protagonismo, en muchos casos, superior al que recibe el arte que se ha producido desde la prehistoria a nuestros días.

 Podemos decir que el siglo XX comenzó con la llamada vanguardia, de algún modo, relacionada con la ideología del colonialismo más que con la del progreso, y ha concluido asumiendo un concepto de posmodernidad que se puede atribuir al fenómeno poscolonial, comenzado por la retirada británica de la India en 1947.

Lugares de Reflexión

   Quede advertido el lector: estas reflexiones no pertenecen al corpus de las exquisiteces más o memos al uso y hasta el abuso de quienes pretenden marcar diferencias sociales a través de imposturas de supuestos intelectuales, en todo caso, se pretende apuntar hacia vías que dejen atisbar itinerarios de superación y cotas de excelencia cultural contrastadas. En este sentido, nos permitimos recordar que, en nombre del arte, se han producido y se producen las manifestaciones más desproporcionadas, zafias y, en consecuencia, dadas a equívoco que se pueden contemplar en cualquiera de los ámbitos destinados a influir en el desarrollo cultural de nuestra sociedad: esculturas y murales encargados para espacios exteriores de muy dudoso valor artístico; Museo de Escultura al Aire libre de poca eficacia colectiva, como acaece con el instalado en el madrileño Paseo de la Castellana en los años setenta; en fin, obras que, por uno u otro motivo, han salido a la calle como ejemplos de exhibiciones itinerantes y, en algunos momentos, actos realizados en la calle, con los que no todos los artistas estuvieron de acuerdo. Como he manifestado en anteriores ocasiones, Antonio Tàpies es uno de los artistas españoles que se negaron a participar en semejantes acontecimientos.

 Por nuestra parte, siempre estaremos con quienes desean para el arte un ámbito de misterio y reflexión. Un lugar que albergue el silencio interior con mimo; ese concepto de espacio que acuna la memoria y protege la indagación como territorios incontestables, destinados a fomentar un horizonte de superación y esperanza que haga posible el desarrollo de la sensibilidad de modo plural y cabal.

Callada contestación

    En esta línea de conciencia contemporánea deberíamos incluir y adecuar la orientación de los certámenes llamados de pintura rápida, en los que, junto a quienes pintan de manera distinta en cada convocatoria para adecuarse al gusto de los jurados -son más abundantes en los concursos tradicionales, obsérvese la trayectoria de cualquiera de ellos-, existen artistas de pensamiento y buena mano, dispuestos a afianzar su manera de hacer y crecen desde la observación del natural; lo que, por otro lado, puede relacionarse con lo que este método de trabajo y de indagación ha supuesto históricamente en el desarrollo de la experiencia pictórica y, acaso, como una forma de contestación que cobra especial importancia en el marco del acontecer artístico de nuestros días, precisamente por lo que tiene de callada contestación.

 Desde este punto de vista, los certámenes de pintura rápida a los que nos referimos, ofrecen aspectos menos cansados de percepción y tienen que ver con el pálpito del artista anterior al momento de pintar y, sobre todo, con la mirada de ese momento. Para ser más preciso, con la reflexión previa a la suma de momentos que anteceden al proceso material que conforma la obra, incluido, si así se hubiese producido, el tiempo dedicado por algunos pintores a seleccionar el motivo en fechas anteriores a la celebración del concurso, contemplado esta elección como secuencia previa al estímulo final del acto creativo al que aún le falta su etapa última: la estimación del contemplador.

 En efecto, la Bienal de Venecia, fundada en 1895, nació como norma y patrón del dominio artístico que ejercía Occidente sobre el mundo. En este sentido, no es difícil, tras el seguimiento oportuno del certamen, relacionar su andadura con la unificación de los valores estéticos, la igualdad del gusto y la dominante de la decoración sobre el arte que prevalece en nuestros días. 

 Alguien a quien ahora no recuerdo, ha sostenido muy atinadamente, que en la era poscolonial, la cultura visual, cuando se exporta, se convierte en embajadora y su finalidad es hacer apología del país que la envía. De ahí el que una de las maneras de introducirse en el discurso mundial tenga que ver con las exposiciones internacionales del llamado arte contemporáneo; obviando así, por decirlo sin ambages, la memoria de los pueblos y, en ocasiones, la del propio colonizador o colonizadores, imponiendo la hegemonía cultural que en cada caso conviene.

 Es así como se atrofia el pensamiento, se imponen las modas y se alzan vociferantes amplias capas sociales, especialmente adiestradas para ignorar figuras y acontecimientos estelares de la historia de los pueblos y refugiar su potencial sensible y perceptivo en el atractivo que pueden ofrecer, ferias de arte y salas de bingo, sin ocultar su embeleso por programas endebles, cuando no zafios, de televisión; algunos reproducidos a imagen de aquellas escenas de casa de vecindad que mostró el cine, con una variante: películas sin previo guión ni director conocido que, de modo subliminal y siguiendo la tesis sostenida por McLuhan, nos acercan el lado de penetración más caliente del medio.

 Conviene recordar que, antes de convertirse los museos en el lugar de charanga y consumo que son, fueron recintos abiertos al pensamiento en los que las imágenes comportan patrones de memoria colectiva a los que, como ejes centrales en su formación, han aludido figuras muy cimeras de la ciencia y del pensamiento universal, acaso animados por esa ética de la memoria que no permite la claudicación y el olvido.

 Con esta perspectiva, podemos percibir, como esos centros que con tanta pompa se prodigan en nuestros días con el inexacto nombre de Arte Contemporáneo, vienen a ser meros escaparates de productos más o menos artísticos, destinados a mostrar una cadena de miradas clónicas que conducen a la inhibición y se alzan a mayor gloria del poder, sea éste el que sea y de donde sea. A mi modo de ver, estos nuevos santuarios de mal entendida contemporaneidad, suelen tener mucho de orquestada fanfarria y un interés relacionado con ciertos estados muy concretos de orientación e inhibición, estudiados para fomentar el atractivo de la futilidad y el esparcimiento y acrecentar en el poder de la mímesis como base de patrones exportables para extender la globalización y el consumo.

  Sin embargo, y aunque esté sucediendo de manera muy escasamente atendida por los medios de comunicación y, desde luego, no explicada por las estancias de formación que deberían hacerlo, desde hace algún tiempo se ha iniciado otra tendencia menos atomizadora, dispuesta a contrarrestar los efectos apuntados: las naciones que han instituido nuevas exposiciones, han decidido que ellas son sus propios centros y que deben de ser quienes generen sus propias imágenes de cultura, acorde con su diferencia y su estado de civilización y progreso.

 Ella es, potencialmente, la que nos convierte en protagonistas de este hecho, durante el cual el pintor se siente emocionado ante el trozo de naturaleza seleccionada para recrearla sobre la tela como posible obra de arte y como pensamiento que pasar al archivo de la memoria colectiva a través de la destreza necesaria para fijar la sensación del artista que es, por otro lado, la que marca la diferencia entre una y otra obra, entre uno y otro pintor, dejando que el cuadro, además de reflejo de lugar y de tiempo, pueda ser observado como una unidad plástica y sensible que obedece a las exigencias de patrones formales; dicho de modo más preciso, que permitan categorizar el arte y desprenderlo de ese páramo actual en el que puede parecer que todo vale.